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Naturaleza y renacimiento económico: calculando el valor del bosque urbano

El bosque urbano, formado por nuestros árboles y zonas verdes, es una fuente de valor estructural en forma de servicios ecosistémicos y mejora de salud pública. Un valor perfectamente cuantificable, tal como se hace desde hace ya más de una década en ciudades punteras en este campo como la australiana Melbourne.

Gran parte de la solución a la crisis climática y ecológica ha estado frente a nosotros todo este tiempo. En el ‎último siglo y medio hemos hecho una interpretación errónea de lo que significa desarrollo económico, entendiéndolo demasiadas veces como un inevitable alejamiento de la naturaleza. Dependemos en exceso de soluciones materiales y tecnológicas que vuelven nuestra forma de vida insostenible y nuestro planeta potencialmente inhabitable para la especie humana.

El actual modelo de crecimiento basado en el obsoleto índice del Producto Interior Bruto va en contra de los ciclos del mundo viviente, evolucionando a costa de nuestros activos naturales de una manera antieconómica. Ya en 1973 el economista Herman Daly sentó las bases para un cambio paradigmático en su antológica obra “Hacia una economía estacionaria.” Daly fue uno de los primeros en pronunciarse en contra del crecimiento constante, acuñando su ya famosa declaración; el crecimiento económico infinito no es posible en un ecosistema finito.

Los sistemas económicos del siglo XX son “degenerativos por diseño”, según Kate Raworth, refiriéndose a la necesidad de degradación de recursos y entornos naturales en una infinita industrialización. Raworth, catedrática de Oxford, es la ideóloga de la Economía del Donut. Este enfoque circular aplicado desde hace años en Ámsterdam, Bruselas o Ginebra produce beneficios socioeconómicos dentro de los límites del mundo viviente. El objetivo no es crecer, sino prosperar. Se trata de repensar nuestros modelos de negocio para reconciliarnos con la naturaleza en una simbiosis fluida. No sólo manteniendo el valor ambiental, como exige la sostenibilidad, sino mejorándolo, como sugiere la regeneración. El siguiente paso en nuestra evolución debe ser la sostenibilidad regeneradora.

La clave está en cambiar el principio actual según el cual vemos naturaleza y economía como dos esferas separadas. La economía es al fin y al cabo un sistema de distribución de recursos. Hasta ahora, el fin era transformar la naturaleza para añadirle valor. Este es sin embargo un planteamiento inválido e insuficiente. El primer paso práctico en la dirección correcta es reconocer que la naturaleza produce valor por el mero hecho de serlo, también en nuestras ciudades. El segundo paso, calcular tal valor y factorizarlo en todas nuestras decisiones.

El bosque urbano, formado por nuestros árboles y zonas verdes, es una fuente de valor estructural en forma de servicios ecosistémicos y mejora de salud pública. Un valor perfectamente cuantificable, tal como se hace desde hace ya más de una década en ciudades punteras en este campo como la australiana Melbourne.

No se trata de poner un precio que mercantilice nuestra infraestructura verde. Al contrario, el objetivo es conocer su contribución a la economía en forma de ahorro, para su protección y expansión. La capacidad de nuestro bosque urbano para limpiar la polución del aire mejora nuestra salud física, mientras su mera presencia mejora la salud mental. Su sombra y frescura mitigan las altas temperaturas, ayudando al ahorro energético y facilitando la habitabilidad. Su capacidad de absorber lluvias torrenciales ahorra en infraestructura gris y su mantenimiento. Aún más importante, su capacidad de absorción de CO2 compensa, al menos en parte, las emisiones de la economía industrial. La mejor inversión es por tanto la expansión de la naturaleza.

El cálculo del valor económico del bosque urbano ayuda a que la ciudadanía lo perciba como un valioso activo, más allá de razones estéticas o sentimentales. Por ejemplo, una ciudad de tamaño medio con unos 150.000 árboles podría valorar los servicios ecosistémicos de su bosque urbano en unos 4 millones de euros al año. El conocimiento de este valor ayuda a calcular compensaciones para la ciudad en los casos en los que se destruya bosque urbano debido a un nuevo desarrollo urbanístico. De esta manera el valor económico de la infraestructura verde actúa también con efecto disuasorio. Cualquier promotor que quiera deshacerse de árboles y zonas verdes deberá compensar a la ciudad, bien con una masa verde equivalente o superior en valor, bien económicamente para su reinversión en regeneración natural. La experiencia en varias ciudades nos dice que los promotores prefieren rediseñar sus proyectos para salvaguardar las zonas verdes, lo que significa un inmediato cambio cultural en la concepción del urbanismo y el desarrollo económico.

El propósito es mejorar y complementar la naturaleza, restaurar y ampliar sus hábitats y aumentar su biodiversidad. Siguiendo estos principios, el cálculo del valor del bosque urbano lleva a su apreciación como activo esencial de la ciudad, y por tanto a su conservación y expansión. A su regeneración. El crecimiento real es la expansión de la naturaleza. La sostenibilidad regeneradora es la respuesta a la pregunta “¿qué haría la madre naturaleza?”. La forma natural de prosperar. La más intuitiva. La única posible.

 PODEMOS Ahal Dugu

Víctor Lasa (portavoz de Elkarrekin Donostia)

09 Octubre 2023

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